lunes, 12 de diciembre de 2011

LAS CUATRO EMOCIONES


Me permito en este breve texto un doble juego: el primero, en la elección del título, buscando  la evocación en paralelo de la partitura de Vivaldi Las cuatro estaciones, y el segundo, en adjudicar a cada una de ellas una emoción que le resulte apropiada y expresiva: la esperanza (compañera de la alegría) a la primavera, una relativa plenitud al verano, la melancolía al otoño y la soledad al invierno.

Así es la pauta que marca el ritmo de las estaciones del año, su flujo y su proceso, de una ambivalencia sustantiva. Se trata de cuatro emociones entre otras muchas, en la trama compleja de los sentimientos que siempre nos acompañan y conforman nuestro tejido vital.

Tenemos el peligro de tropezarnos con el tópico, pero hay que afrontarlo. La primavera es la imagen incuestionable de la vida que estalla y florece, de la energía irrebatible, del entusiasmo que es la fortaleza del ánimo. El verano conlleva un cierto sopor, una invitación al ocio, una plenitud no especialmente intensa sino más “doméstica” y al alcance de la mano, para defendernos de las agresiones de la vida y hacer acopio de serenidad y de fuerza para el curso normal de la vida. El otoño nos presenta toda la ambivalencia de la melancolía, con su perfil literario y su honda raíz existencial, su apertura a la añoranza y su disfrute templado de las cosas, a través del velo de la tristeza y la ternura. El invierno son los días cortos, la noche que nos alcanza antes de lo previsto, la soledad propia y ajena, el frío que envuelve al mundo. Pero una soledad no solo inclemente y desabrida, sino también de diálogo con uno mismo, de profundización en una intimidad estrictamente personal que nos alimenta la vida.

Cuatro estaciones, cuatro emociones entre otras  posibles que colorean y matizan el transcurso de los días en un flujo global y dinamizador.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada